Por Adrián Machado
Lo que sucede en el municipio misionero, bajo la flamante conducción libertaria, recuerda a un hecho ocurrido durante 2004 en Grafton, New Hampshire. En aquel entonces, los libertarios tomaron el control y la promesa de libertad absoluta se transformó en falta de servicios, disputas internas y ataques de animales salvajes.
Para quienes viven en Misiones la historia es bastante conocida, de todos modos, hagamos un repaso: el Intendente de Caraguatay, el renovador Mario Peyer, pidió licencia mientras se investiga una denuncia de acoso sexual en su contra. Por lo tanto, asumió interinamente la concejal Norma Graciela Gularte, perteneciente a La Libertad Avanza.
Gularte comenzó su gestión interina con un cosplay de Milei: recortes, motosierra, reducción del gasto. Hasta ahí, es decir, en el plano discursivo, todo bien, el problema comenzó cuando arrancó la gestión; se interrumpió la recolección de residuos al igual que los servicios básicos, lo que despertó las quejas de los vecinos. Además, los empleados municipales denunciaron despidos y hostigamiento político. Este último ítem no tuvo nada que ver con la reducción del gasto, sino que se trató de un reemplazo por gente propia.
El escenario económico, de poder adquisitivo y de calidad de vida es malo para la mayoría de los argentinos, a ello, los habitantes de Caraguatay tuvieron que agregarle la acumulación de basura en las calles y espacios públicos. Asimismo, los demás servicios esenciales funcionan deficientemente.
En pocos días de gestión, la flamante administración libertaria hizo trizas la rutina de Caraguatay. Lo cual recuerda a otro hecho, en tiempos y lugares distantes, pero con el mismo signo ideológico: el de la libertad.
¡Viva la libertad!
El periodista Matthew Hongoltz-Hetling publicó A Libertarian Walks Into a Bear: The Utopian Plot to Liberate an American Town (and Some Bears), un estudio de caso que relata un experimento sucedido en 2004 en una pequeña ciudad estadounidense. Ese año, un grupo de libertarios se unió e ideó el Free Town Project, un plan para instaurar un gobierno absolutamente libertario, en el que tuviera nula o ínfima injerencia el Estado.
El pequeño pueblo de Grafton -menos de 1500 habitantes y solo una ruta pavimentada-, ubicado en el Estado de New Hampshire, en el nordeste de los Estados Unidos, fue el elegido para dar a luz al utópico proyecto. Consiguieron llegar al gobierno a través del voto, pero a partir de ahí las cosas se complicaron: el financiamiento público se redujo sustancialmente en áreas como el Departamento de Bomberos, la Biblioteca y la Escuela. Las leyes estatales y federales fueron desechadas e incumplidas.
En una zona boscosa, con fuerte presencia de osos, no fue una buena idea ignorar las leyes de caza y las regulaciones sobre los desechos de alimentos. El poblado se llenó de carpas de los recién llegados a disfrutar del nuevo estilo de vida. Eso fue una invitación para los animales.
El grupo que instauró el Free Town Project se contactó mayormente a través de la web, donde publicaban manifiestos e intercambiaban opiniones en distintos foros afines a la temática. Los unía la creencia absoluta en el libre mercado; el rechazo a toda forma de intervención estatal -y al Estado mismo-, con el aborrecimiento absoluto a los impuestos como estandarte. Uno de los fundamentos que nucleaba al grupo que arribó a Grafton fue la libertad individual: los individuos prosperarían solos y se autorregularían gracias a la lógica, la razón y la eficiencia. Para armar su proyecto, los libertarios se basaron en textos de ficción -con La rebelión de Atlas de Ayn Rand en primer lugar- y una serie de experiencias de micro naciones sucedidas en el Pacífico y el Caribe en los ‘70 y ‘80 del siglo pasado.

Un Estado libertario
New Hampshire es un Estado en el que prima, antes de la llegada y puesta en funcionamiento del experimento libertario, la filosofía Live Free or Die: no impone impuestos a la renta ni a las ventas y cuenta, entre otras cosas, con la tasa per cápita más alta de propiedad de ametralladoras del país. En el caso de Grafton, la historia de Living Free, por así decirlo, tiene raíces profundas. Los primeros pobladores de la época colonial comenzaron ignorando “siglos de ley tradicional de Abenaki -una tribu local- al comprar tierras al padre fundador John Hancock y otros especuladores”. A continuación, huyeron de la aplicación de la ley realista, se habían asentado como recolectores de madera para el rey y pronto descubrieron su verdadera pasión: la evasión impositiva.
Ya en 1777, los ciudadanos de Grafton pedían a su gobierno que se ahorraran impuestos y, cuando su petición era rechazada, simplemente dejaban de pagarlos. Casi dos siglos y medio después, Grafton se convirtió en una especie de imán para todo tipo de aventureros y personajes extravagantes, desde los seguidores de la Iglesia de la Unificación del Reverendo Sun Myung Moon hasta hippies desencantados con lo que el mundo occidental tenía para ofrecerles.
Particularmente importante para la historia es un tal John Babiarz, un diseñador de software con una risa similar a la de Krusty el payaso, que se mudó de Connecticut en la década de 1990 a una granja en New Hampshire con su esposa igualmente amante de la libertad, Rosalie. Al entrar en un mundo selvático que era, escribe Hongoltz-Hetling, “casi como si hubieran atravesado una distorsión del tiempo y los días revolucionarios de Nueva Inglaterra, cuando la libertad pesaba más que la lealtad y los árboles superaban en número a los impuestos”, los dos construyeron una nueva vida para sí mismos, John finalmente llegó a encabezar el departamento de bomberos voluntarios de Grafton -que él describe como una empresa de “ayuda mutua”- y se postuló para gobernador en la boleta libertaria.

Nuevo gobierno
Los libertarios esperaban ser recibidos como libertadores, pero desde la primera reunión del Ayuntamiento de la ciudad se enfrentaron a la inconveniente realidad de que muchos de los ciudadanos de Grafton, presuntamente amantes de la libertad, los veían como forasteros primero y compatriotas en segundo lugar, si es que los veían. Las tensiones aumentaron aún más cuando, búsqueda vía Google mediante, los antiguos habitantes entendieron los que implicaba la “libertad” para los recién llegados. Uno de los autores intelectuales del plan, un tal Larry Pendarvis, había escrito sobre su intención de crear un espacio que honrara la libertad de “traficar órganos, el derecho a celebrar duelos y el derecho subestimado y otorgado por Dios de organizar peleas de vagabundos”. También había lamentado la persecución del “crimen sin víctimas” que es el “canibalismo consensual”. Tranqui.
Las cifras precisas son difíciles de establecer, pero el Proyecto de Ciudad Libre hizo aumentar la población en más de 200 residentes: hombres en su mayoría, con opiniones que rozaban lo autoritario y muchas armas.
Las personas que se unieron al Proyecto en sus primeros cinco años eran, como describe Hongoltz-Hetling, “radicales libres”, hombres con “o demasiado dinero o no el suficiente”, con capital que gastar y nada que perder. Es el caso de John Connell de Massachusetts, quien llegó en una misión de Dios, liquidó sus ahorros y compró el histórico Grafton Center Meetinghouse, transformándolo en la Peaceful Assembly Church, una parroquia que mezcla arte popular chillón, extrañas peroratas de su nuevo pastor -el mismo Connell-, y una búsqueda quijotesca para asegurar la exención de impuestos mientras se niega a reconocer la legitimidad del IRS -la AFIP yankee- para otorgarla.
Otro de los nuevos vecinos fue Adam Franz, un anticapitalista que se describe a sí mismo como el que instaló una serie de tiendas de campaña que sirvan como “una comunidad planificada de supervivencialistas”. Aunque ninguno de los que se le unió tenía habilidades en asuntos relativos a la vida en el bosque. También estaba Richard Angell, un activista contra la circuncisión conocido como “Dick Angel”.

La gestión en acción
De esta manera, los “ciudadanos libres” pasaron años persiguiendo un agresivo programa de toma de control y deslegitimación gubernamental, su apetito por litigar solo fue igualado por su entusiasmo por recortar los servicios públicos. Achicaron el ya pequeño presupuesto anual de la ciudad de $ 1 millón en un 30%, obligaron a la ciudad a pelear caso de prueba legal tras caso de prueba y, al borde de lo absurdo, organizaron encuentros virtuales con el Sheriff para acumular visitas en YouTube.
Grafton era una ciudad pobre antes del arribo libertario, pero con la caída de los ingresos fiscales, incluso a medida que su población se expandía, las cosas empeoraron sostenidamente. Los baches en las calles se multiplicaron, las disputas domésticas proliferaron, los delitos violentos se dispararon y los trabajadores de la ciudad comenzaron a quedarse sin calefacción. A pesar de varios esfuerzos prometedores, Hongoltz-Hetling señala que “no surgió un robusto sector privado ‘randiano’ para reemplazar a los servicios públicos”. En cambio, Grafton, un pueblo pobre, se convirtió en uno “salvaje”. Es en este momento del relato en que ingresan los osos a la historia, por si faltaba algo.
¡Ya no queremos osos!
Los osos negros, menciona el autor -que es oriundo de la zona-, son generalmente un grupo bastante relajado. Los bosques de América del Norte albergan alrededor de tres cuartos de millón de ellos; en promedio, hay como máximo una muerte humana a causa de un ataque de oso negro por año, incluso cuando los osos y los humanos entran en contacto cada vez más en los suburbios en expansión y en las rutas de senderismo. Pero siguiendo los titulares sobre encuentros entre humanos y osos en Nueva Inglaterra en su calidad de periodista regional en la década de 2000, Hongoltz-Hetling notó algo angustiante: los osos negros en Grafton no eran como otros osos negros. Singularmente “audaces”, comenzaron a pasar el rato en jardines y patios a plena luz del día. La mayoría de los osos evitan los ruidos fuertes; estos ignoraron los esfuerzos de los graftonitas para ahuyentarlos. Los pollos y las ovejas comenzaron a desaparecer a un ritmo alarmante. Las mascotas domésticas también desaparecieron. Una graftonita estaba jugando con sus gatitos en su jardín cuando un oso saltó del bosque, agarró a dos de ellos y los engulló. Muy pronto, los osos estaban en los porches e intentaban entrar a las casas.
El principio del fin
Presionado por osos desde fuera y conflictos internos desde dentro, el Proyecto Ciudad Libre comenzó a desmoronarse. Atrapados en “batallas campales sobre quién vivía libre, pero libre de la manera correcta”, los libertarios se acusaron unos a otros de estatismo, dejando que los individuos y los grupos hicieran lo mejor -o lo peor- que pudieran. Algunos siguieron alimentando a los osos, otros construyeron trampas, mientras que otros tantos se escondieron en sus casas, también había quienes iban a todas partes portando pistolas de calibre cada vez mayor. Después de un ataque particularmente cruel, se formó una un grupo anti-osos que disparó a más de una docena de animales en sus hábitats. Esta acción, completamente ilegal, solo hizo mella en la población; muy pronto, los osos volvieron al pueblo.
Mientras tanto, los sueños de numerosos libertarios llegaron a su fin de forma diversa y silenciosa. Una empresa de desarrollo inmobiliario conocida como Grafton Gulch, en homenaje al enclave disidente en Atlas Shrugged de Ayn Rand, abandonó el lugar. Después de perder una última apelación para asegurarse la exención de impuestos, Connell, arruinado financieramente, se encontró incapaz de mantener la calefacción encendida en el Meetinghouse; en medio de un invierno brutal, se volvió apocalíptico y luego murió en un incendio. Franz abandonó su comuna de supervivencia, pronto se aisló en un recinto parecido a una cárcel, para disfrutar mejor de la libertad. Y John Babiarz, el otrora inaugurador del Proyecto, se convirtió en el blanco de una difamación implacable de sus antiguos compañeros ideológicos, quienes no apreciaron su negativa a dejarles disfrutar de las llamas sin protección en las tardes de alto riesgo de incendios forestales. Cuando otra empresa libertaria de ingeniería social de alto perfil, el Free State Project, recibió atención nacional al promover una afluencia masiva a New Hampshire en general, el destino del Free Town Project quedó sellado.
La distinción entre un municipio de excéntricos libertarios y un Estado cuya respuesta a la crisis es, como mucho, “Aprende a vivir con ello” no se funda solamente en la clase social o puramente en la cuestión ideológica. Cuando se suceden este tipo de problemas la respuesta debe ser colectiva, ordenada desde la administración pública conjuntamente con sectores privados. Y lejos de dejar las posibles soluciones libradas a la racionalidad del mercado y la maximización de la libertad personal individual.
Existen muchas diferencias entre Caraguatay y Grafton, pero el hilo que une ambas experiencias es el desdén por todo tipo de organización social, previsión y cuidado por el otro.
Aunque en la localidad misionera no hay osos…por ahora.






































































